Los demonios
Los demonios «¡Un cuchillo, un cuchillo!», iba repitiendo con furia irreprimible Nikolái Vsévolodovich, caminando a grandes zancadas por el barro y los charcos, sin distinguir el camino. Es cierto que por momentos le entraban unas ganas locas de echarse a reír, a carcajada limpia, con rabia; pero por alguna razón se contenía y se aguantaba la risa. Solo reaccionó al llegar al puente, en el sitio preciso donde, unas horas antes, se había encontrado con Fedka; el mismo Fedka lo estaba esperando en esos momentos; al verlo, se quitó la gorra, sonrió enseñando los dientes y empezó enseguida a parlotear, animado y alegre. Al principio, Nikolái Vsévolodovich pasó de largo y durante un tiempo se negó a escuchar al vagabundo, que iba pisándole los talones. De pronto cayó en la cuenta de que se había olvidado de él por completo, y se había olvidado precisamente cuando marchaba repitiéndose una y otra vez, para sus adentros: «Un cuchillo, un cuchillo». Cogió al vagabundo del cuello y, con toda la rabia acumulada, lo empujó con todas sus fuerzas contra el puente. Por un instante Fedka quiso encararse con él, pero enseguida comprendió que, al lado de su rival, que además lo había pillado desprevenido, no era más que una brizna de paja, de modo que se rindió y se quedó callado, sin oponer resistencia. De rodillas, aplastado contra el suelo, con los codos retorcidos a la espalda, el astuto vagabundo esperaba tranquilamente el desenlace, aparentemente sin sentirse en peligro.
