Los demonios
Los demonios —Espero que, por lo menos, no esté enfadado conmigo… —Stavroguin le tendió la mano.
—¡En absoluto! —KirÃllov se volvió y estrechó su mano—. Si mi carga es ligera, es porque ésa es mi naturaleza; puede que la suya sea más pesada, porque es asà su naturaleza. No hay que avergonzarse mucho, solo un poco.
—Ya sé que soy un individuo insignificante, pero no pretendo pasar por fuerte.
—Ni lo pretenda; no es usted un hombre fuerte. Venga un dÃa a tomar un té.
Nikolái Vsévolodovich entró en su casa profundamente turbado.
Nada más entrar, Alekséi Yegórovich le contó que Varvara Petrovna, muy contenta con la salida de Nikolái Vsévolodovich —su primer paseo a caballo tras ocho dÃas de enfermedad—, habÃa ordenado aparejar el coche y se habÃa marchado sola, «siguiendo una vieja costumbre, a respirar aire fresco, porque en ocho dÃas ya se le habÃa olvidado lo que era eso».
—¿Iba sola o con Daria Pávlovna? —Nikolái Vsévolodovich interrumpió al anciano con esa rápida pregunta, y torció el gesto al oÃr que Daria Pávlovna «no habÃa querido acompañarla, por encontrarse indispuesta, y estaba en esos momentos en sus habitaciones».
