Los demonios

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—Espero que, por lo menos, no esté enfadado conmigo… —Stavroguin le tendió la mano.

—¡En absoluto! —Kiríllov se volvió y estrechó su mano—. Si mi carga es ligera, es porque ésa es mi naturaleza; puede que la suya sea más pesada, porque es así su naturaleza. No hay que avergonzarse mucho, solo un poco.

—Ya sé que soy un individuo insignificante, pero no pretendo pasar por fuerte.

—Ni lo pretenda; no es usted un hombre fuerte. Venga un día a tomar un té.

Nikolái Vsévolodovich entró en su casa profundamente turbado.

IV

Nada más entrar, Alekséi Yegórovich le contó que Varvara Petrovna, muy contenta con la salida de Nikolái Vsévolodovich —su primer paseo a caballo tras ocho días de enfermedad—, había ordenado aparejar el coche y se había marchado sola, «siguiendo una vieja costumbre, a respirar aire fresco, porque en ocho días ya se le había olvidado lo que era eso».

—¿Iba sola o con Daria Pávlovna? —Nikolái Vsévolodovich interrumpió al anciano con esa rápida pregunta, y torció el gesto al oír que Daria Pávlovna «no había querido acompañarla, por encontrarse indispuesta, y estaba en esos momentos en sus habitaciones».


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