Los demonios

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II

Dos días después del suceso que acabo de relatar, me encontré a Lizaveta Nikoláievna en compañía de un nutrido grupo de personas que se dirigía a algún lugar en tres calesas rodeadas de jinetes. Me hizo una seña con la mano, mandó detener el vehículo y me insistió para que me uniera al grupo. Me hicieron sitio en su calesa y, entre risas, me presentó a sus acompañantes, unas damas vestidas con elegancia, explicándome que marchaban de excursión a un sitio sumamente interesante. Se reía a carcajadas y parecía exageradamente alegre. En los últimos tiempos se la veía siempre muy animada y un punto juguetona. En efecto, el plan era algo extravagante: se dirigían al otro lado del río, a casa del comerciante Sevostiánov, donde, ocupando un ala anexa, vivía retirado desde hacía diez años, contento y satisfecho, nuestro beato y profeta Semión Yákovlevich, famoso no solo entre nosotros, sino incluso en las provincias vecinas y hasta en las capitales[206]. Todo el mundo, sobre todo forasteros de paso que intentaban sacarle alguna palabra estrafalaria, acudía a visitarlo, se inclinaba ante él y le dejaba limosna. Los donativos, que podían llegar a ser considerables, eran piadosamente destinados —salvo que el propio Semión Yákovlevich dispusiera otra cosa— a algún templo, generalmente al monasterio de Nuestra Señora; con tal fin, un monje de dicho monasterio montaba guardia a todas horas al lado de Semión Yákovlevich. Todo nuestro grupo contaba con pasárselo en grande. Con anterioridad, nadie había visitado a Semión Yákovlevich. Tan solo Liamshin había estado en cierta ocasión, y contaba que el beato había mandado echarlo a escobazos y le había arrojado, de su propia mano, dos enormes patatas asadas. Advertí que entre los jinetes se contaba Piotr Stepánovich, que montaba un caballo cosaco de alquiler en el que le costaba mantener el equilibrio. También pude ver a Nikolái Vsévolodovich. Éste no se negaba a tomar parte de vez en cuando en las distracciones comunes, y en tales ocasiones solía exhibir un semblante alegre, como correspondía, si bien hablaba poco y muy de vez en cuando, como era su costumbre. Cuando la expedición, cerca ya del puente, llegó a la altura de un hotel local, nos informaron de que en una de las habitaciones habían encontrado a un huésped que se había pegado un tiro, y estaban esperando a la policía. De inmediato alguien propuso entrar a ver al suicida. La propuesta fue muy bien recibida: nuestras damas nunca habían visto uno. Recuerdo que lo primero que comentó una de ellas, en voz alta, fue que es todo tan aburrido que «no hay que ser escrupulosos con las diversiones, siempre que sean interesantes». Solo unos cuantos se quedaron aguardando en el porche; los demás entramos en tropel por un pasillo sucio y, para mi sorpresa, con nosotros venía Lizaveta Nikoláievna. La habitación del suicida estaba abierta y, desde luego, nadie intentó siquiera cortarnos el paso. Se trataba de un muchacho muy joven, que no pasaría de los diecinueve años; debía de haber sido bastante guapo, con una abundante cabellera rubia, una cara perfectamente ovalada y una frente hermosa y despejada. Estaba ya rígido, y su menudo rostro blanquecino parecía de mármol. Había en la mesa una nota escrita de su propia mano, en la que pedía que no se culpara a nadie de su muerte y aseguraba que se había pegado un tiro por haberse «fundido» cuatrocientos rublos. En efecto, allí aparecía la palabra «fundido»: en las cuatro líneas de la nota había tres errores gramaticales. Aparentemente, el que más lamentaba lo ocurrido era un vecino del muchacho, un grueso propietario que ocupaba la habitación de al lado, y que se encontraba allí por unos asuntos privados. Por sus palabras nos enteramos de que la familia del joven —su madre viuda, sus hermanas, sus tías— lo había enviado a la ciudad desde la aldea para que, bajo la supervisión de una pariente que allí residía, realizara una serie de compras destinadas al ajuar de la hermana mayor, que iba a casarse, y las llevara de vuelta a casa. Entre suspiros aprensivos, le habían confiado aquellos cuatrocientos rublos, el fruto de varias décadas de ahorro, y lo habían despedido con interminables advertencias, rezos y bendiciones. Hasta entonces, siempre había sido un muchacho modesto y formal. Pero, al llegar a la ciudad, tres días antes, no había acudido a ver a su pariente: se había alojado en el hotel y se había dirigido al club, con la esperanza de encontrar en un cuarto trasero a algún tahúr ambulante o, al menos, una partida de stukolka[207]. Pero aquella noche no había partida de stukolka, ni dio con ningún tahúr. De vuelta al hotel, alrededor de la medianoche, pidió champán y cigarros habanos y encargó una cena de seis o siete platos. Pero se emborrachó con el champán y se mareó con los cigarros, así que no probó bocado de los platos que le habían servido, y se acostó poco menos que inconsciente. Al despertarse a la mañana siguiente, fresco como una lechuga, se dirigió sin demora a un campamento gitano del que había oído hablar la noche anterior en el club y que estaba instalado al otro lado del río, en el arrabal, y no pisó el hotel en dos días. Finalmente, la misma víspera se presentó bebido a eso de las cinco de la tarde y se acostó enseguida, y estuvo durmiendo hasta las diez de la noche. Al despertarse pidió una chuleta, una botella de Château d’Yquem, uvas, papel, tinta y la cuenta. Nadie advirtió nada especial en él; estaba tranquilo, sereno y amable. Debió de dispararse en torno a la medianoche, aunque resultaba extraño que nadie hubiese oído el disparo y que no hubiesen descubierto el cuerpo hasta aquel mismo día por la tarde, cuando, después de llamar sin obtener respuesta, echaron la puerta abajo. La botella de Château d’Yquem estaba mediada, lo mismo que el plato de uvas. Se había disparado en todo el corazón, con un pequeño revolver de tres cañones. Apenas se había derramado sangre; el revólver se le había caído de la mano y yacía en la alfombra. El joven estaba medio tendido en un rincón del diván. La muerte debía de haber sido instantánea; no presentaba huellas de sufrimiento agónico en el rostro; la expresión era serena, casi feliz, como de quien vive despreocupadamente. Todo nuestro grupo estuvo mirándolo con ávida curiosidad. Por lo general, en toda desgracia del prójimo hay siempre algo que divierte al ojo ajeno, sea quien sea la víctima. Nuestras damas observaban en silencio, mientras que sus acompañantes destacaban por su agudeza de ingenio y por su gran presencia de ánimo. Alguien comentó que se trataba de la mejor solución, y que el muchacho no habría podido dar con otra más inteligente; otro llegó a la conclusión de que, aunque solo fuera por un breve instante, había vivido bien. Un tercero se preguntó de pronto, sin ningún tacto, por qué tanta gente entre nosotros había empezado súbitamente a colgarse o a pegarse un tiro, como si se sintiera desarraigada o la tierra se abriera bajo sus pies. Al que así razonaba lo miraron con malos ojos. Entonces Liamshin, que tenía asumido con orgullo su papel de bufón, cogió del plato un racimo de uvas; otro hizo lo propio, riéndose; y un tercero alargó la mano hacia el Château d’Yquem. Pero lo detuvo el jefe de policía, que llegó en ese momento y que ordenó incluso «despejar la habitación». Como todos habían visto ya bastante, salieron sin rechistar, aunque Liamshin empezó a importunar con no sé qué excusa al jefe de policía. La animación general, las risas y la charla festiva se redoblaron en la segunda parte del viaje.


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