Los demonios
Los demonios La fecha del festejo quedó fijada definitivamente, mientras Von Lembke se iba volviendo cada vez más triste y meditabundo. Extraños y lúgubres presentimientos lo abrumaban, algo que preocupaba sobremanera a Yulia Mijáilovna. Es verdad que no todo marchaba a pedir de boca. Nuestro anterior gobernador, hombre templado, había dejado la administración en un estado bastante deficiente; en aquellos momentos nos amenazaba el cólera; en ciertos lugares se había declarado una inquietante plaga en el ganado; durante todo el verano los incendios se habían ensañado con ciudades y aldeas, y en el pueblo arraigaban con fuerza creciente los absurdos rumores que aseguraban que eran obra de incendiarios. Los robos se habían duplicado en comparación con los niveles anteriores. Pero, desde luego, nada de todo esto habría sido peor de lo que solía ser de no haber concurrido otras razones de mayor peso, que habían acabado con la tranquilidad de Andréi Antónovich, tan feliz hasta entonces.
