Los demonios

Los demonios

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II

Se había producido una combinación de factores que el señor Von Lembke era incapaz de resolver. En uno de los distritos (precisamente en donde Piotr Stepánovich se había divertido tanto recientemente) un alférez había sido amonestado verbalmente por su inmediato superior, y eso había ocurrido delante de toda la compañía. El alférez, todavía joven, recién llegado de San Petersburgo, era un hombre taciturno y adusto, de aire muy digno, aunque menudo, grueso y rubicundo. No había podido soportar la reprimenda, y de repente, con un grito inesperado que había dejado atónita a toda la compañía, se había abalanzado salvajemente sobre su superior con la cabeza gacha; lo había embestido y le había dado un mordisco en el hombro con todas sus fuerzas. No había sido fácil separarlos. No cabía ninguna duda de que había perdido el juicio; se supo, en cualquier caso, que en los últimos tiempos había sido visto llevando a cabo los actos más extravagantes que uno podía imaginar. Había arrojado, por ejemplo, dos iconos propiedad de su patrona que había en su cuarto y había destrozado uno de ellos a hachazos; en su cuarto, asimismo, había colocado sobre tres soportes, a modo de atriles, las obras de Vogt, Moleschott y Büchner[220], y delante de cada atril había encendido una vela de cera como las de las iglesias. Dada la cantidad de libros que se habían encontrado en su cuarto, había que colegir que era un hombre muy leído. Si hubiera tenido cincuenta mil francos, posiblemente habría navegado hasta las islas Marquesas, como aquel «cadete» que menciona con tan alegre humor el señor Herzen en una de sus obras[221]. Cuando fue arrestado, le encontraron en los bolsillos y en el cuarto montones de pasquines en un tono de lo más incendiario.


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