Los demonios
Los demonios Entretanto Andréi Antónovich cogió su novela y la guardó bajo llave en la librería de roble; aprovechó también para hacerle una seña a Blum, indicándole que saliera. Éste desapareció con cara larga y triste.
—Yo no estoy raro, sino sencillamente… todo son disgustos —masculló con el ceño fruncido, pero ya sin rabia y sentándose al lado de la mesa—. Siéntese y diga ese par de palabrillas que tiene que decir. Hacía mucho que no le veía, Piotr Stepánovich, y haga el favor, de ahora en adelante, de no irrumpir con esos modales suyos… a veces, cuando uno está ocupado…
—Mis modales son siempre iguales…
—Ya lo sé, señor, y creo que lo hace sin mala intención, pero a veces uno está preocupado… Siéntese.
Piotr Stepánovich se arrellanó en el sofá y recogió enseguida las piernas por debajo del cuerpo.
—Y ¿por qué está tan preocupado? ¿No será por esas bobadas? —Señaló con un gesto al pasquín—. Octavillas como ésta, puedo traerle todas las que quiera; cuando estuve en la provincia de J. me familiaricé con ellas.
—¿Se refiere a la época en que estuvo viviendo allí?
