Los demonios
Los demonios Con visible desgana, Verjovenski se arrellanó en una silla a la cabecera de la mesa, prácticamente sin saludar a nadie. Su expresión era desdeñosa y hasta altiva. Stavroguin hizo una inclinación cortés, pero, a pesar de que los estaban esperando, todos los allà reunidos, como obedeciendo una orden, hicieron como si no hubieran advertido su presencia. La anfitriona se dirigió a Stavroguin con sequedad una vez que se hubo sentado.
—Stavroguin, ¿quiere usted té?
—Bueno —respondió.
—Té para Stavroguin —ordenó madame VirguÃnskaia a su hermana, que era la que estaba sirviendo—. Y usted ¿también quiere? —La pregunta era ahora para Verjovenski.
—Pues claro, eso ni se le pregunta a un invitado. Y también nata; aquÃ, en lugar de té, dan siempre unos brebajes… Y hoy, para colmo, están de santo.
—¿Cómo es eso? ¿También usted celebra los santos? —La estudiante se echó a reÃr de pronto—. Hace un momento estábamos hablando de eso.
—Eso está pasado de moda —murmuró el alumno de gimnasio desde el extremo opuesto de la mesa.
