Los demonios
Los demonios El incidente que sufrimos por el camino fue de los sorprenden a cualquiera. Pero hay que contarlo todo por orden. Una hora antes de que Stepán Trofímovich y yo saliéramos a la calle, recorrió la ciudad, observado por muchos curiosos, un grupo de obreros de la fábrica de los Shpigulin, unos setenta individuos, si no más. Marchaban disciplinadamente, casi en silencio, en un orden previamente estipulado. Más tarde se diría que aquellos setenta habían sido elegidos entre todos los obreros, de los que había hasta novecientos en la fábrica, para ir a ver al gobernador y, en ausencia de los propietarios, reclamar justicia contra el administrador, que, después de haber cerrado la fábrica y despedido a los obreros, los había engañado con el mayor descaro; un hecho del que ahora no cabe ninguna duda. Hay quienes hasta hoy siguen negando que se hubiese producido ninguna elección, y sostienen que setenta hombres eran demasiados para ser representantes y que aquel grupo estaba integrado sencillamente por los más agraviados, que marchaban a pedir una solución exclusivamente para sí mismos. Por lo tanto, el «motín» colectivo de la fábrica, que tanto dio que hablar después, nunca habría existido. Otros sostienen con vehemencia que aquellos setenta hombres no eran unos alborotadores más, sino genuinos militantes políticos, es decir, que, contándose entre los más levantiscos, estaban además especialmente influidos por la propaganda clandestina. En resumidas cuentas, aún no se sabe con certeza si hubo o no hubo influencia o incitación de nadie. Mi opinión personal es que los obreros no habían leído las proclamas clandestinas y, si las habían leído, no habían entendido una palabra de ellas, por la sencilla razón de que sus autores, a pesar de la crudeza del estilo, escriben con extrema oscuridad. Pero, como los trabajadores, de hecho, se encontraban en apuros, y la policía, a la que se habían dirigido, no había querido saber nada de sus problemas, ¿qué podía haber más natural que acudir en grupo a ver «al propio general», con un escrito por delante, formar disciplinadamente ante su puerta y, en cuanto se dejara ver, postrarse todos de rodillas e implorarle como si estuvieran ante la misma Providencia? A mi entender, no se trataba de un motín ni tan siquiera de una delegación de representantes, sino de un mecanismo muy antiguo en nuestra historia: de siempre, el pueblo ruso ha procurado hablar con «el propio general», por darse el gusto de hacerlo, independientemente del resultado de la conversación.
