Los demonios
Los demonios —Márchese, amigo mÃo, yo soy el culpable de haberle arrastrado a esto. Usted tiene un porvenir y una carrera de algún tipo, pero yo… mon heure a sonné[291].
Con paso firme subió los escalones del porche del gobernador. El conserje me conocÃa y le comuniqué que ambos Ãbamos a ver a Yulia Mijáilovna. Nos sentamos a esperar en el recibidor. Yo no querÃa dejar a mi amigo, pero me parecÃa que todo lo que pudiera decirle ya estaba de más. TenÃa cara de hombre que se ha condenado a sà mismo a una muerte segura por la patria. No estábamos juntos, sino en distintos rincones: yo cerca de la puerta de entrada, y él enfrente de mÃ, en el extremo opuesto, con la cabeza inclinada en actitud pensativa y las manos ligeramente apoyadas en el bastón. Sujetaba en la izquierda su sombrero de ala ancha. Asà transcurrieron unos diez minutos.
De pronto, Lembke entró con paso rápido en compañÃa del jefe de policÃa, nos miró distraÃdo y, sin hacernos caso, torció hacia la derecha para entrar en su despacho; sin embargo, Stepán TrofÃmovich se levantó y se plantó delante de él, cerrándole el paso. La alta figura de Stepán TrofÃmovich, muy distinta a cualquier otra, hizo su efecto: Lembke se detuvo.
—¿Quién es éste? —murmuró perplejo, como preguntando al jefe de policÃa, pero sin volverse hacia él y sin dejar de mirar a Stepán TrofÃmovich.
