Los demonios

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Capítulo I. Los festejos. Primera parte

I

El festival acabó celebrándose, a pesar de los malentendidos del día anterior, el «día de los Shpigulin». Creo que, aunque Lembke hubiera muerto aquella misma noche, los festejos habrían tenido lugar igualmente al día siguiente: tal era la importancia que les concedía Yulia Mijáilovna. Ay, hasta el último minuto se mantuvo en sus trece, sin comprender el estado de ánimo de la sociedad. Al final, nadie pensaba que el día solemne fuera a transcurrir sin algún incidente colosal, sin un «desenlace», como decían algunos, frotándose anticipadamente las manos. Es cierto que muchos trataban de poner mala cara, de adoptar un aire político; pero, en términos generales, toda alteración escandalosa de la vida social es motivo de regocijo desmedido para los rusos. No es menos cierto que lo que había entre nosotros era algo mucho más serio que el mero deseo de escándalo: había una irritación generalizada, una malevolencia insaciable; parecía como si todos estuviesen hartos de todo. Reinaba un cinismo incoherente y general, un cinismo forzado, como impuesto. Las mujeres eran las únicas que no habían perdido el norte, si bien en un único punto: en su odio implacable a Yulia Mijáilovna. En eso coincidían todas las tendencias femeninas. Y ella, la pobre, ni se daba cuenta: hasta el último momento tuvo el convencimiento de que estaba «arropada», de que todos seguían siendo «devotos fanáticos» suyos.


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