Los demonios
Los demonios El festival acabó celebrándose, a pesar de los malentendidos del dÃa anterior, el «dÃa de los Shpigulin». Creo que, aunque Lembke hubiera muerto aquella misma noche, los festejos habrÃan tenido lugar igualmente al dÃa siguiente: tal era la importancia que les concedÃa Yulia Mijáilovna. Ay, hasta el último minuto se mantuvo en sus trece, sin comprender el estado de ánimo de la sociedad. Al final, nadie pensaba que el dÃa solemne fuera a transcurrir sin algún incidente colosal, sin un «desenlace», como decÃan algunos, frotándose anticipadamente las manos. Es cierto que muchos trataban de poner mala cara, de adoptar un aire polÃtico; pero, en términos generales, toda alteración escandalosa de la vida social es motivo de regocijo desmedido para los rusos. No es menos cierto que lo que habÃa entre nosotros era algo mucho más serio que el mero deseo de escándalo: habÃa una irritación generalizada, una malevolencia insaciable; parecÃa como si todos estuviesen hartos de todo. Reinaba un cinismo incoherente y general, un cinismo forzado, como impuesto. Las mujeres eran las únicas que no habÃan perdido el norte, si bien en un único punto: en su odio implacable a Yulia Mijáilovna. En eso coincidÃan todas las tendencias femeninas. Y ella, la pobre, ni se daba cuenta: hasta el último momento tuvo el convencimiento de que estaba «arropada», de que todos seguÃan siendo «devotos fanáticos» suyos.
