Los demonios
Los demonios Algo volvía a ir mal en la sala. Lo advierto de antemano: me inclino ante la grandeza del genio; pero ¿por qué estos señores genios nuestros, al final de sus años de gloria, actúan a veces como unos verdaderos críos? ¿Qué importaba que aquél fuera Karmazínov y que saliera al estrado con el porte de cinco chambelanes? ¿Acaso es posible retener con un solo artículo la atención de un público como el nuestro una hora entera? En general, me he dado cuenta de que en un recital literario liviano ni el mayor de los genios puede mantener viva la atención del público más de veinte minutos impunemente. Es verdad que la aparición del gran genio fue acogida con un respeto excepcional. Incluso los ancianos más severos daban muestras de aprobación y de curiosidad, y las damas hasta de cierto entusiasmo. La ovación, no obstante, fue más bien breve, no excesivamente cordial y dispersa. Sin embargo, en las filas de atrás nadie hizo una sola gracia hasta el momento en que Karmazínov empezó a hablar, y aun entonces no hubo nada especialmente censurable; si acaso algún malentendido. Ya he mencionado antes que tenía una voz demasido chillona, un tanto femenina, y además con un genuino ceceo aristocrático, propio de los cortesanos. En cuanto pronunció sus primeras palabras, alguien se permitió reírse en voz alta: muy probablemente algún imbécil sin experiencia que aún no había visto nada del mundo y que además era de risa fácil. Pero no hubo la menor salida de tono; al contrario, chistaron al imbécil, y no volvió a dar señales de vida. Pero he aquí que el señor Karmazínov, haciendo aspavientos e impostando la voz, declaró que «en un principio, por nada del mundo había consentido leer». (¡Qué falta le haría decir aquello!). «Hay algunas líneas —dijo— que brotan hasta tal punto del corazón que no cabe ni pronunciarlas; por tanto, algo tan sagrado no puede ser revelado en público». (Entonces, ¿para qué lo revelaba?). Pero, ya que se lo habían pedido, se disponía a revelarlo, y como, además de eso, colgaba la pluma definitivamente y juraba no volver a escribir en ningún caso, había escrito esa última pieza; y como también había jurado que «de ninguna manera volvería a leer nada en público», y etcétera, etcétera, y todo en esa línea.
