Los demonios
Los demonios —Yo ahora darÃa tres rublos más por un cocinero —declaró alguien en voz alta, demasiado alta, apremiantemente alta.
—Y yo.
—Y yo.
—Pero ¿de verdad que no hay bufé?
—Señores, esto es un engaño…
Hay que admitir, en cualquier caso, que todos aquellos alborotadores no dejaban de mirar con temor a las autoridades y al comisario de policÃa, presente en el salón. De un modo u otro, al cabo de diez minutos todo el mundo volvió a sentarse, aunque el orden previo ya no se restableció. Y en medio de aquel caos incipiente iba a hacer su aparición el pobre Stepán TrofÃmovich…
No obstante, me acerqué una vez más hasta él, entre bastidores, y logré advertirlo, muy agitado, de que, en mi opinión, todo se habÃa ido al garete y que lo mejor serÃa que no saliera y que se marchara inmediatamente a casa pretextando un ataque de colerina; yo, por mi parte, me quitarÃa la escarapela y me irÃa con él. Se disponÃa en ese momento a salir al estrado, cuando se detuvo de súbito, me miró con desdén de pies a cabeza y proclamó solemnemente:
—¿Cómo es posible, señor mÃo, que me juzgue usted capaz de tamaña bajeza?
