Los demonios
Los demonios No me recibió. Se habÃa encerrado y estaba escribiendo. A mis reiterados golpes y llamadas respondió a través de la puerta:
—Amigo mÃo, he terminado con todo, ¿quién puede exigirme nada más?
—No ha terminado usted con nada, solo ha contribuido a que todo fracasara. Por el amor de Dios, déjese de juegos de palabras, Stepán TrofÃmovich; ábrame. Hay que tomar medidas; aún pueden venir a insultarlo…
Me consideraba con derecho a ser especialmente severo y aun exigente con él. TenÃa miedo de que se le ocurriese algo aún más insensato. Pero, para mi sorpresa, me encontré con una firmeza insólita:
—Pues no sea usted el primero en insultarme. Le agradezco todo lo que ha hecho hasta ahora por mÃ, pero le repito que he terminado con la gente, con la buena y la mala. Estoy escribiendo una carta a Daria Pávlovna, a la que he tenido olvidada hasta el momento presente de un modo imperdonable. Llévesela mañana, si le parece bien. Y ahora, merci.
