Los demonios

Los demonios

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Después de llamar tres veces a la puerta en respuesta a su: «No pienso abrir», y de decirle a gritos que ya podía mandar tres veces ese mismo día a Nastasia a buscarme, que yo ya no iba a volver, lo abandoné y corrí a casa de Yulia Mijáilovna.

II

Allí fui testigo de una escena indignante: estaban engañando de un modo evidente a la pobre mujer, y yo no podía hacer nada. En efecto, ¿qué podía decirle? Yo ya había tenido tiempo para recapacitar brevemente y darme cuenta de que todo lo que tenía no eran más que sensaciones, presentimientos suspicaces, y poco más. La encontré hecha un mar de lágrimas, al borde de la histeria, con compresas de agua de colonia y un vaso de agua. Delante de ella estaban Piotr Stepánovich, hablando por los codos, y el príncipe, callado como si le hubieran puesto un candado en la boca. Yulia Mijáilovna, con lágrimas y gritos, no paraba de echarle en cara a Piotr Stepánovich su «apostasía». Me quedé perplejo al comprender que atribuía todo el fracaso, todo el bochorno de aquella mañana, en definitiva, absolutamente todo, a la ausencia de Piotr Stepánovich.



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