Los demonios

Los demonios

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—Si no fuera usted un bufón, tal vez le diría ahora que sí… Solo con que fuera un poco más listo…

—Yo seré un bufón, pero ¡no quiero que usted, mi mitad fundamental, sea otro bufón! ¿Me ha entendido?

Stavroguin le entendía, puede que nadie más que él. Shátov, desde luego, se había quedado atónito cuando Stavroguin le dijo que había entusiasmo en Piotr Stepánovich.

—Déjeme ahora y váyase al infierno, y para mañana puede que se me ocurra algo. Venga mañana.

—¿Sí? ¿Sí?

—¡Yo qué sé!… ¡Váyase al infierno, al infierno!

Y salió de la sala.

—Quién sabe, a lo mejor salimos ganando —farfulló para sí Piotr Stepánovich, guardándose el revólver.

III

Corrió en pos de Lizaveta Nikoláievna, que aún no estaba muy lejos, a unos pocos pasos de la casa. Por unos momentos la entretuvo Alekséi Yegórovich, que aún iba siguiéndola, un paso por detrás, vestido de frac, respetuosamente inclinado y sin sombrero. No se cansaba de repetirle que aguardara a que estuviera listo el coche; el viejo estaba asustado y poco le faltaba para echarse a llorar.


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