Los demonios
Los demonios —Si no fuera usted un bufón, tal vez le dirÃa ahora que sÃ… Solo con que fuera un poco más listo…
—Yo seré un bufón, pero ¡no quiero que usted, mi mitad fundamental, sea otro bufón! ¿Me ha entendido?
Stavroguin le entendÃa, puede que nadie más que él. Shátov, desde luego, se habÃa quedado atónito cuando Stavroguin le dijo que habÃa entusiasmo en Piotr Stepánovich.
—Déjeme ahora y váyase al infierno, y para mañana puede que se me ocurra algo. Venga mañana.
—¿S� ¿S�
—¡Yo qué sé!… ¡Váyase al infierno, al infierno!
Y salió de la sala.
—Quién sabe, a lo mejor salimos ganando —farfulló para sà Piotr Stepánovich, guardándose el revólver.
Corrió en pos de Lizaveta Nikoláievna, que aún no estaba muy lejos, a unos pocos pasos de la casa. Por unos momentos la entretuvo Alekséi Yegórovich, que aún iba siguiéndola, un paso por detrás, vestido de frac, respetuosamente inclinado y sin sombrero. No se cansaba de repetirle que aguardara a que estuviera listo el coche; el viejo estaba asustado y poco le faltaba para echarse a llorar.
