Los demonios

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Se acercaban a la casa de Filíppov, pero, antes de llegar, tomaron por un pasadizo o, mejor dicho, por una vereda prácticamente imperceptible que corría a lo largo de un cercado, de modo que tuvieron que avanzar un tiempo por el borde escarpado de una zanja en el que no podían asentar el pie, y tenían que agarrarse del cercado. En el rincón más oscuro de la valla, medio desvencijada, Piotr Stepánovich retiró un tablón; quedó una abertura por la que se coló de inmediato. Liputin se sorprendió, pero se deslizó a su vez por el hueco; a continuación, repusieron el tablón en su lugar. Era la entrada secreta que Fedka usaba para ir a ver a Kiríllov.

—Shátov no debe saber que estamos aquí —le susurró en tono severo Piotr Stepánovich a Liputin.

III

Kiríllov, como siempre a esas horas, estaba tomando el té, sentado en su diván de cuero. No se levantó para recibir a sus huéspedes, sino que se sobresaltó y los miró alarmado.

—No se equivoca usted —dijo Piotr Stepánovich—. Ya sabe a lo que vengo.

—¿Hoy?

—No, no, mañana… en torno a esta hora.

Inmediatamente se sentó a la mesa y observó con cierta inquietud el desasosiego de Kiríllov. Éste, de todos modos, ya se había calmado y había recobrado su aspecto habitual.


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