Los demonios
Los demonios Liputin se fue corriendo a casa como un condenado.
Hacía ya tiempo que disponía de un pasaporte con un nombre falso. Cuesta creer que ese hombrecillo meticuloso, pequeño tirano familiar, funcionario en cualquier caso (aunque fourierista) y, finalmente, por encima de todo, capitalista y usurero, hubiera tenido hacía ya mucho tiempo la fantasiosa idea de hacerse con ese pasaporte por lo que pudiera pasar, para marcharse al extranjero con su ayuda si… Había admitido la posibilidad de ese si, aunque, desde luego, nunca había sido capaz de formular en qué podría consistir concretamente ese si…
Pero ahora de repente se formulaba por sí solo, y del modo más impredecible. Aquella idea desesperada con la que había entrado en casa de Kiríllov, después de escuchar aquel «imbécil» de Piotr Stepánovich en la acera, se concretaba en que al día siguiente, en cuanto apuntara el alba, lo dejaría todo y se expatriaría, cruzando la frontera. Quienes no se crean que cosas tan fantásticas todavía siguen ocurriendo a diario en Rusia que se fijen en las biografías de todos los auténticos emigrantes rusos en el extranjero. Ninguno de ellos se expatrió de un modo más sensato y más realista. Siempre ha sido un reino inabarcable de fantasmas, y nada más.
