Los demonios
Los demonios La catástrofe de Liza y la muerte de Maria Timoféievna habían dejado en Shátov una impresión abrumadora. Ya he comentado que lo había visto fugazmente aquella mañana, y me había dado la impresión de que no estaba en sus cabales. Me dijo, entre otras cosas, que la noche anterior, a eso de las nueve —esto es, como tres horas antes del incendio—, había estado en casa de Maria Timoféievna. A la mañana siguiente fue a echar un vistazo a los cadáveres, pero, por lo que sé, no prestó entonces declaración ante nadie. Sin embargo, cuando el día tocaba a su fin, estalló en su alma toda una tempestad y… y creo que puedo afirmar positivamente que hubo un momento, al anochecer, en que tuvo ganas de levantarse, salir y contarlo todo. En qué consistía ese todo, solo él lo sabía. Desde luego, no habría conseguido nada, aparte de delatarse a sí mismo. No disponía de pruebas que ayudaran a resolver el reciente crimen; más aún, lo único que tenía eran vagas conjeturas sobre el caso, que solo para él equivalían a una completa convicción. Pero estaba dispuesto a perderse a sí mismo con tal de «aplastar a los sinvergüenzas»: éstas fueron sus propias palabras. Piotr Stepánovich en parte había adivinado correctamente ese impulso suyo, y sabía lo mucho que arriesgaba aplazando la ejecución de su nuevo y horrendo designio hasta el día siguiente. Como de costumbre, había por su parte mucha presunción y desprecio por toda aquella «gentuza» y, en particular, por Shátov. Hacía mucho tiempo que despreciaba a Shátov por su «deplorable idiotez», como decía de él cuando todavía estaba en el extranjero, y confiaba plenamente en que sería capaz de manejar a aquel individuo tan obtuso; esto es, no pensaba perderlo de vista en todo el día y estaba decidido a cortarle el paso a la primera señal de peligro. Sin embargo, lo que salvó a los «sinvergüenzas» por un tiempo fue una circunstancia inesperada que nadie había previsto.
