Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Nuestro penal estaba situado en un extremo de la fortaleza, al borde de su terraplén. A veces mirabas por las rendijas de la empalizada el mundo de Dios: ¿no veías nada?; sólo veías un trozo de cielo y el terraplén cubierto de malas hierbas, y, por detrás y por delante de él, día y noche hacían guardia los centinelas. Al instante pensabas que pasarían años enteros y tú irías puntualmente a mirar por las rendijas de la empalizada y verías el mismo terraplén, los mismos centinelas y el mismo trocito de cielo, no del cielo que estaba sobre el penal, sino de otro cielo lejano, libre. Imaginad un gran patio, de unos doscientos pasos de largo y unos ciento cincuenta de ancho, completamente vallado, en forma de hexágono irregular, por una alta empalizada de altas estacas hincadas profundamente en la tierra, fuertemente atadas unas a otras con cuerdas, unidas por travesaños y de punta afilada: así era el recinto exterior del penal. En uno de sus lados había un recio portalón, siempre cerrado, custodiado día y noche por los centinelas; lo abrían, previa solicitud, para salir a trabajar. Tras ese portalón estaba la luz, el mundo libre, vivía la gente, como en todas partes. Pero, a este lado del recinto, te imaginabas el mundo como un cuento irrealizable. Aquí había un mundo aparte, que no tenía semejanza con nada; aquí había leyes especiales, con su indumentaria, su moral y sus costumbres propias, y una Casa Muerta en vida, una vida como en ningún otro lugar, y gente especial. Ese rincón especial es el que me propongo describir.


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