Memorias del subsuelo
Memorias del subsuelo «Estos cuadros, precisamente éstos, son los que hay que describirte para impresionarte», pensé, aunque os aseguro que habÃa hablado con gran sinceridad. De pronto sentà que me sonrojaba. ¿Dónde me esconderÃa si se echaba a reÃr? Esta idea me enfureció. Con tal vehemencia pronuncié el final de mi discurso, que después me sentà avergonzado. El silencio se prolongaba. Me asaltó el deseo de apartarla de un empujón.
—¿Cómo es que usted…? —empezó a decir. Pero se detuvo.
Sin embargo, yo lo habÃa ya comprendido todo. En su voz habÃa algo nuevo; ya no se percibÃa en ella la brutalidad y la obstinación de antes, sino un sentimiento dulce, púdico, tan púdico que de pronto me sentà avergonzado y culpable frente a ella.
—¿Qué dices? —pregunté con tierna curiosidad.
—Que usted…
—¿Qué?
—Que usted habla como si leyera en un libro —dijo al fin.
Y de nuevo me pareció percibir la burla en su voz. Este comentario me hirió profundamente. Esperaba otra cosa.