Memorias del subsuelo
Memorias del subsuelo Pero yo no podÃa despedirlo. Se dirÃa que estaba ligado a mi existencia. Además, él se habrÃa negado a abandonarme. No me era posible vivir en un hotel. Mi alojamiento era mi concha, el estuche en que me refugiaba y me ocultaba de la humanidad entera; y Apolonio, el diablo de este alojamiento. Ésta es la razón de que durante siete años me hubiera sido imposible ponerlo de patitas en la calle.
No era menos imposible retenerle el sueldo. No toleraba el menor retraso.
Pero aquellos dÃas me sentÃa irritado hasta tal punto contra el mundo entero, que resolvà de buenas a primeras castigar a Apolonio y retrasar durante dos meses el pago de su sueldo. HacÃa ya mucho tiempo —dos años— que estaba preparando este castigo, únicamente para demostrarle que no tenÃa derecho a darse importancia ante mà y que yo podÃa no pagarle si se me antojaba. Decidà no decirle nada, a fin de vencer su orgullo y obligarlo a ser el primero en hablar de sus honorarios. Entonces yo sacarÃa de mi cajón los siete rublos, para que viera que los tenÃa apartados, y le demostrarÃa que no querÃa dárselos, porque asà se me antojaba, porque «ésta era mi voluntad señorial», porque él era un insolente y un grosero. Y le dirÃa que, si era cortés y respetuoso conmigo, tal vez me enterneciera y pagase, pero que, en caso contrario, tendrÃa que esperar dos, tres semanas, un mes entero…