Noches blancas
Noches blancas ¡Dios mío, cómo acabó todo! ¡Cómo acabó!
Llegué a las nueve, ella ya estaba allí. Ya de lejos reparé en ella. Estaba como entonces, como la primera vez, acodada en la baranda de la orilla y no oyó que me había acercado.
—¡Nástenka! —la llamé conteniendo la emoción a duras penas.
Se giró rápidamente.
—¡Vamos —dijo—, vamos, deprisa!
La miré perplejo.
—A ver, ¿dónde está la carta? ¿Ha traído la carta? —repitió sujetándose a la barandilla.
—No, no tengo ninguna carta —dije yo al fin—, ¿acaso no ha venido?
Palideció terriblemente y se quedó mirándome inmóvil. Yo había quebrado su última esperanza.
—Bien, ¡Dios le guarde! —dijo al fin con la voz rota—, Dios le guarde si es que me abandona así.
Bajó la mirada, después quiso alzarla pero no pudo. Pocos minutos después se había sobrepuesto a la emoción; sin embargo, de repente se dio la vuelta, se acodó en la balaustrada de la orilla y se anegó en llanto.
—Basta, no llore —empecé yo, pero al mirarla me faltaron las fuerzas para seguir; además, ¿qué le iba a decir?
