Noches blancas
Noches blancas Ya he dicho que estuve tres dÃas atormentado por la inquietud mientras no adiviné su causa. En la calle me sentÃa mal —este no está, ese tampoco, ¿dónde se habrá metido el otro?—, pero en casa tampoco era yo. Dos noches estuve buscando respuestas —¿qué es lo que falta en mi rincón? ¿Por qué me molesta quedarme aquÃ?— y observaba perplejo las paredes verdes, enhollinadas, el techo repleto de telarañas que Matriona criaba con gran acierto, revisaba una y otra vez todos mis muebles, examinaba cada silla: ¿no estarÃa aquà mi desgracia? —y es que basta con que una silla no esté como debiera, como ayer, para que yo ya no sea yo—, miraba por la ventana, y todo en vano… ¡No me sentÃa ni una pizca mejor! Incluso se me ocurrió llamar a Matriona y, como si fuera un padre, echarle una bronca por las telarañas y por el desaliño en general. Pero ella sólo me miró sorprendida y se marchó sin haber dicho ni palabra, asà que las telarañas siguen hoy felizmente colgadas. Por fin esta mañana adiviné lo que ocurrÃa. ¡Oh! Pero… ¡si se libran de mà para ir a la dacha! Discúlpeme por esta frase trivial, pero no estaba yo para estilos elevados…, y es que todo lo que podÃa existir en Petersburgo o se habÃa trasladado a la dacha o iba de camino. Porque todo señor respetable de apariencia seria que hubiera contratado un cochero al momento se transformaba, para mÃ, en un respetable padre de familia que, después de sus obligaciones habituales, se encamina ligero a las entrañas de su familia, a la dacha. Porque cada transeúnte tenÃa ahora un aspecto completamente especial que por poco no decÃa a todo aquel que se encontraba: «Señores, nosotros estamos aquà de paso, dentro de dos dÃas nos vamos a la dacha». Si se abrÃa una ventana en la que primero tamborileaban unos dedos finos, blancos como el azúcar, y luego se asomaba la cabecita de una linda muchacha que llamaba al vendedor ambulante de tiestos y flores, enseguida me figuraba que esas flores se habÃan comprado porque sÃ, es decir, que no eran en absoluto para disfrutar de la primavera y de las flores en un piso sofocante de la ciudad, sino que muy pronto todos se irÃan a la dacha y se llevarÃan las flores. Es más, ya habÃa hecho tales progresos en este género nuevo, especial, de descubrimientos que podÃa indicar a simple vista y sin equivocarme quién vivÃa en qué dacha. Los habitantes de las islas Kámenny y Aptékarsky y los del camino de Petergof se distinguÃan por su estudiada finura en las maneras, por su elegante ropa de verano y por los coches espléndidos en los que llegaban a la ciudad. Los vecinos de Párgolovo y más allá «inspiraban» desde el primer momento con su cordura y seriedad; el habitual de la isla Krestovski se distinguÃa por su aspecto impasiblemente alegre. SolÃa encontrarme una larga procesión de carreteros que marchaban perezosos, rienda en mano, junto a carros cargados de montañas de toda clase de muebles, mesas, sillas, camas turcas y no turcas y demás bártulos domésticos, y arriba del todo, en la cumbre del carro, se aposentaba a ratos una cocinera frágil, que guardaba los bienes de los señores como a las niñas de sus ojos. VeÃa barcas cargadas de pesadas vajillas y cacharros de cocina que se deslizaban por el Nevá o por Fontanka hasta el rÃo Chórnaia o hasta las islas —carros y barcas se multiplicaban por diez, por cien ante mÃ; parecÃa que todo se ponÃa en pie y se marchaba: formando caravanas todo se trasladaba a la dacha; parecÃa que todo Petersburgo amenazara con regresar al desierto, asà que al final me sentà avergonzado, agraviado y triste. Definitivamente yo no tenÃa sitio ni razones para ir a una dacha. Estaba dispuesto a partir en cada carro, a marcharme con cada señor de apariencia respetable que hubiera contratado un cochero, pero nadie, ni uno solo me invitó, como si se hubieran olvidado de mÃ, como si en realidad ¡yo fuera un extraño para ellos!
