Noches blancas

Noches blancas

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Ya he dicho que estuve tres días atormentado por la inquietud mientras no adiviné su causa. En la calle me sentía mal —este no está, ese tampoco, ¿dónde se habrá metido el otro?—, pero en casa tampoco era yo. Dos noches estuve buscando respuestas —¿qué es lo que falta en mi rincón? ¿Por qué me molesta quedarme aquí?— y observaba perplejo las paredes verdes, enhollinadas, el techo repleto de telarañas que Matriona criaba con gran acierto, revisaba una y otra vez todos mis muebles, examinaba cada silla: ¿no estaría aquí mi desgracia? —y es que basta con que una silla no esté como debiera, como ayer, para que yo ya no sea yo—, miraba por la ventana, y todo en vano… ¡No me sentía ni una pizca mejor! Incluso se me ocurrió llamar a Matriona y, como si fuera un padre, echarle una bronca por las telarañas y por el desaliño en general. Pero ella sólo me miró sorprendida y se marchó sin haber dicho ni palabra, así que las telarañas siguen hoy felizmente colgadas. Por fin esta mañana adiviné lo que ocurría. ¡Oh! Pero… ¡si se libran de mí para ir a la dacha! Discúlpeme por esta frase trivial, pero no estaba yo para estilos elevados…, y es que todo lo que podía existir en Petersburgo o se había trasladado a la dacha o iba de camino. Porque todo señor respetable de apariencia seria que hubiera contratado un cochero al momento se transformaba, para mí, en un respetable padre de familia que, después de sus obligaciones habituales, se encamina ligero a las entrañas de su familia, a la dacha. Porque cada transeúnte tenía ahora un aspecto completamente especial que por poco no decía a todo aquel que se encontraba: «Señores, nosotros estamos aquí de paso, dentro de dos días nos vamos a la dacha». Si se abría una ventana en la que primero tamborileaban unos dedos finos, blancos como el azúcar, y luego se asomaba la cabecita de una linda muchacha que llamaba al vendedor ambulante de tiestos y flores, enseguida me figuraba que esas flores se habían comprado porque sí, es decir, que no eran en absoluto para disfrutar de la primavera y de las flores en un piso sofocante de la ciudad, sino que muy pronto todos se irían a la dacha y se llevarían las flores. Es más, ya había hecho tales progresos en este género nuevo, especial, de descubrimientos que podía indicar a simple vista y sin equivocarme quién vivía en qué dacha. Los habitantes de las islas Kámenny y Aptékarsky y los del camino de Petergof se distinguían por su estudiada finura en las maneras, por su elegante ropa de verano y por los coches espléndidos en los que llegaban a la ciudad. Los vecinos de Párgolovo y más allá «inspiraban» desde el primer momento con su cordura y seriedad; el habitual de la isla Krestovski se distinguía por su aspecto impasiblemente alegre. Solía encontrarme una larga procesión de carreteros que marchaban perezosos, rienda en mano, junto a carros cargados de montañas de toda clase de muebles, mesas, sillas, camas turcas y no turcas y demás bártulos domésticos, y arriba del todo, en la cumbre del carro, se aposentaba a ratos una cocinera frágil, que guardaba los bienes de los señores como a las niñas de sus ojos. Veía barcas cargadas de pesadas vajillas y cacharros de cocina que se deslizaban por el Nevá o por Fontanka hasta el río Chórnaia o hasta las islas —carros y barcas se multiplicaban por diez, por cien ante mí; parecía que todo se ponía en pie y se marchaba: formando caravanas todo se trasladaba a la dacha; parecía que todo Petersburgo amenazara con regresar al desierto, así que al final me sentí avergonzado, agraviado y triste. Definitivamente yo no tenía sitio ni razones para ir a una dacha. Estaba dispuesto a partir en cada carro, a marcharme con cada señor de apariencia respetable que hubiera contratado un cochero, pero nadie, ni uno solo me invitó, como si se hubieran olvidado de mí, como si en realidad ¡yo fuera un extraño para ellos!


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker