Noches blancas

Noches blancas

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La mañana

Mis noches se acabaron una mañana. Fue un día malo, la lluvia golpeaba melancólica en mi cristal. Mi habitación estaba oscura, la calle nublada. La cabeza me dolía y me daba vueltas, la fiebre se colaba por todos mis miembros.

—Una carta para ti, bátiushka, la ha traído el repartidor del correo local —dijo Matriona por encima de mí.

—Una carta, ¿de quién? —exclamé yo saltando de la silla.

—Pues no lo sé, bátiushka, mira a ver, a lo mejor lo pone.

Rompí el sobre: ¡era de ella!

«Ay, perdóneme, perdóneme —me escribía Nástenka—, de rodillas se lo suplico, ¡perdóneme! Le mentí a usted, a mí misma. Fue un sueño, una visión… Hoy sufro tanto por usted, ¡perdóneme!…

»No me condene, puesto que yo en nada he cambiado, dije que iba a quererlo y ahora lo quiero, lo quiero mucho más. ¡Dios mío, si pudiera quererlos a los dos al mismo tiempo! ¡Ay, si usted fuera él!».

«¡Ay, si usted fuera él!», me pasó por la cabeza. ¡He recordado tus palabras, Nástenka!

«Dios sabe lo que haría por usted. Sé que para usted es difícil y triste. Le he ofendido, pero bien sabe que, cuando se quiere, la ofensa no dura mucho. ¡Y usted me quiere!


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