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Stepanchikovo y sus moradores

Stepanchikovo y sus moradores

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Pero antes de tener el honor de presentar a los lectores a Fomá Fomich en persona, considero del todo indispensable decir algunas palabras sobre Falaley y explicar qué había de horrible en el hecho de bailar el komarinski y de que Fomá Fomich lo sorprendiera en tan agradable ocupación. Falaley era un mandadero de la casa, huérfano desde muy pequeño y ahijado de la primera esposa de mi tío, el cual lo quería muchísimo. Eso bastaba para que Fomá, después de trasladarse a Stepanchikovo y someter al tío, odiase a su muchacho favorito. Pero el niño cayó en gracia a la generala y, pese a la ira de Fomá, quedó en la casa en el piso de los señores. La generala insistió en ello y Fomá cedió, considerándolo sin embargo como una ofensa —todo era para Fomá una ofensa—, de la cual culpaba al tío, se vengaba en él cada vez que tenía la ocasión. Falaley era asombrosamente bello. Su rostro de rasgos femeninos era el de una belleza campesina. La generala lo cuidaba y lo mimaba, para ella era como un animalito precioso y no se sabía a quién quería más, a su rizosa perrita Ami o a Falaley. Ya dijimos que el traje de Falaley era una creación de la generala. Las señoritas le proporcionaban pomada y el peluquero Kozma debía rizarle el cabello los días de fiesta. Falaley era una extraña criatura, no se lo podía tildar de idiota o atrasado, pero a tal punto era ingenuo, veraz y simple que a veces de veras se lo podía tomar por tontorrón. Si soñaba con algo, por la mañana venía a contárselo a los señores. Los interrumpía cuando hablaban, sin preocuparse de ser un incordio. Les contaba cosas impropias para los señores. Lloraba sinceramente cuando la señora se desvanecía o reñían demasiado a su señor. Se compadecía de las desgracias de todos. A veces se acercaba a la generala, besaba sus manos y le suplicaba que no se enfadara, y la generala, magnánima, le perdonaba tales libertades. Era extremadamente sensible, bondadoso y no conocía el rencor; alegre y manso como un cabritillo, feliz y despreocupado como un niño. En la mesa, los señores le daban bocados de sus propios platos.


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