Stepanchikovo y sus moradores

Stepanchikovo y sus moradores

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Primera Parte

A su retiro del ejército, el coronel Yégor Ílich Rostañev, tío mío, se trasladó a Stepanchikovo, la propiedad que había heredado, y allí se sintió como un terrateniente nativo que jamás hubiese abandonado sus tierras. Hay personas totalmente satisfechas de todo y siempre conformes; así era el coronel retirado. Difícil imaginar hombre más dulce y conciliador. Si alguien le hubiera pedido en serio que lo transportase dos kilómetros sobre sus hombros, es bien probable que lo hiciera; era tan bondadoso que estaba dispuesto a compartirlo todo, no bien se lo pidiesen, hasta su última camisa. Alto y esbelto, de apariencia titánica, mejillas sonrosadas, dientes blanquísimos como de marfil y largos bigotes rubios, tenía voz sonora y risa contagiosa. Solía hablar muy deprisa, a borbotones. Por aquel entonces debía de tener unos cuarenta años, y siempre, desde los dieciséis, había servido en los húsares. Se casó muy pronto, locamente enamorado, pero su esposa murió joven dejándole un recuerdo imperecedero y agradecido. Habiendo recibido la hacienda de Stepanchikovo en herencia, lo que aumentaba sus bienes en seiscientos siervos, abandonó el servicio militar y se instaló en la finca con sus hijos: Iliusha, de ocho años, cuyo nacimiento causó la muerte de su madre, y su hija de quince, Sasheñka, que al quedar huérfana ingresó en un liceo de Moscú.


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