De Paris a Cadiz

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Los chulos son los que, en la mano una capa verde, azul o amarilla que agitan ante sus ojos, atraen hacia sí la cólera del animal, lista a saciarse con un caballo derribado o un picador desmontado. La misión de los banderilleros consiste en no dejar que la cólera del toro se enfríe. En el momento en que el toro, extraviado, obnubilado, hastiado, gira sobre sí mismo, vienen a clavarle en los dos hombros las banderillas, compuestas de pequeñas varillas de las que cuelgan papeles de todos los colores, recortados como los que los niños ponen en las colas de las cometas. Las banderillas se hunden con la ayuda de una punta de hierro que tiene la forma de un anzuelo.

El torero es el rey de la escena; la arena le pertenece, él es el general que dirige toda la batalla, el jefe ante cuyo gesto todos obedecen sumisamente; el toro mismo, sin sospecharlo, está sometido a su poder: él lo conduce a donde quiere con ayuda de los chulos, y cuando ha llegado la hora del último duelo entre toro y torero, es en el sitio escogido por él, reservándose todas las ventajas de la sombra y del sol, que el toro, herido de muerte por la terrible espada, viene a expirar a sus pies. Si la amante del torero se encuentra en la plaza, el toro ha de morir siempre en el punto de la arena más próximo a ella.


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