De Paris a Cadiz

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XIII

Aranjuez, 25 de octubre.

Usted nos dejó listos para partir, Madame; imagine usted a sus amigos, escalonados en una calle tan empinada como una montaña rusa. Están en la puerta de la fonda de los Caballeros; tienen enfrente de sí, al otro lado de la calle, el palacio de los antiguos reyes de Toledo. Este palacio, transformado en un cuartel, creo, es de la más bella tonalidad de hoja seca que pueda tomar la piedra calentada durante seis siglos por un sol de cuarenta y cinco grados. A la derecha, es decir, en lo alto de la montaña, la extremidad derecha de nuestra calle merece ese nombre, los muros del viejo palacio se perfilan sobre un cielo azul índigo. A la izquierda, se ofrece a la vista la ciudad inferior, con sus techos rojizos, sus agudos campanarios; finalmente, más allá de la ciudad, se extiende una llanura anaranjada que va a fundirse a lo lejos en un horizonte violeta. Delante de mí está el mayoral, que me pide, sombrero en mano, un adelanto de los ciento cincuenta francos que no le debo todavía, pero que le deberé cuando nos haya dejado sanos y salvos en Aranjuez. Este adelanto, desea él que sea lo más substancial posible, en vista del gran gasto que ha realizado, según dice. Yo saco mi bolsa, que contiene unas veinte onzas, mil seiscientos francos más o menos, y le doy una onza.


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