De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Por otra parte, es dueño de la locuacidad más delirante, la más convincente, la más obstinada que yo haya visto brillar nunca en labios de un joven de veintiún años y que, como una hoguera mal contenida, se abre paso incesantemente, tanto en el ensueño como en la acción, en la calma como en el peligro, en la sonrisa como en el llanto. Además, monta a caballo gallardamente, maneja bastante bien la espada, el fusil, la pistola, y no tiene rival en todas esas danzas de carácter que se introdujeron en Francia desde que la inglesa pasó a mejor vida y la gavota comenzó a agonizar. Cada tanto nos peleamos, y al igual que el hijo pródigo, toma a su legÃtima esposa y abandona la casa paterna: ese dÃa, yo compro un ternero y lo engordo, con la seguridad de que antes de que pase un mes vendrá a comer su parte. Es cierto que las malas lenguas dicen que vuelve por el ternero y no por mÃ, pero yo sé a qué debo atenerme.
Ahora pasemos a Paul. Puesto que usted no sólo quiere seguirnos en el mapa, sino también vernos allà donde estaremos y del modo como estaremos, con los ojos de la memoria, debo pues evocarle a Paul. Paul es un ser aparte, Madame, y que merece una mención particularÃsima. En primer lugar, Paul no se llama Paul, se llama Pierre; me equivoco, no se llama Pierre, se llama Agua de BenjuÃ; esta triple apelación designa a un solo individuo, negro de piel, abisinio de nacimiento, cosmopolita de vocación.