De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Comprenderá, Madame, que tras un viaje como éste, nuestro primer grito al llegar a Córdoba fue: «¡Baños! ¡Baños!», lo que puede traducirse por: ¡Des bains! ¡Des bains! Pero fue como si hubiésemos hablado en hebreo. Se conocen perfectamente los baños en Córdoba, pero no se conocen las bañeras. Solamente existen unas inmensas tinajas, exactamente iguales a aquéllas en las que fueron embotellados y escondidos los cuarenta ladrones de Alí Babá. Cuando se quiere tomar un baño a toda costa, se llena esas tinajas hasta la mitad, y se desciende a su interior con ayuda de una escalera de tijera. Luego cada quien se acuclilla según su tamaño, de manera que sólo la cabeza sobrepase el gollete, lo que permite a los bañistas proseguir con la conversación que han comenzado. Desgraciadamente, en el hotel no existía siquiera ese tipo de tinajas, y nos vimos forzados a contentarnos con grandes fuentes de barro, en el medio de las cuales, chorreando agua como lo estuvimos al cabo de cinco minutos, semejábamos bastante a tritones sobre sus caracolas marinas. No habíamos concluido aún nuestras abluciones, que ya dos personas habían golpeado la puerta y se nos habían presentado. Una de esas personas era el señor Marcial de la Torre, contra el cual yo tenía una letra de cambio. El otro, el señor Eugène Perez,[106] profesor de francés, para quien traía una carta de recomendación. Los dos, sin esperar que me presentara en sus casas, enterados de mi llegada a Córdoba, venían a ofrecerme sus servicios y, debo confesarlo, se asombraron un poco del estado en que nos encontraban.