De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Nuestro hospedero se llamaba Rica, creo habérselo dicho en mi última carta. Ese nombre, que parecía anunciarme a un italiano, no me había engañado. Rica es milanés, es decir, del país con la mejor cocina de toda Italia. Intercambiamos dos palabras acerca de la ciencia, y esas dos palabras bastaron. Rica era un artista, pero él mismo lo confesaba, Madame, con una buena fe que hace honor a su veracidad, un artista un poco malogrado por su estadía en España, y por los sacrificios que se vio obligado a hacer por el gusto de los naturales del país. No obstante, Madame, empeñó su palabra de honor en que no escaldaría nuestros pollos, y en darnos perdices asadas, cosa que nunca hubiésemos conseguido de un cocinero español. Esta promesa, que tranquilizó mi apetito, me ha permitido escribirle, Madame; pues, encargado como usted sabe de las funciones de maître de hotel, habría sido mi deber cocinar si no hubiese reconocido en nuestro anfitrión aptitudes suficientes para los buenos procedimientos gastronómicos. Rica sintió que su honor estaba en juego, Madame, preparó él mismo el almuerzo, y el almuerzo fue excelente.