De Paris a Cadiz

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Decididamente, me estoy volviendo un apasionado de la danza: nunca lo hubiera creído al ver los ballets de nuestra Ópera. Lo que pasa, y digo bien, al ver los ballets, es que las danzas españolas no son ballets, Madame, son lisa y llanamente danzas, ¡y qué danzas! Poemas enteros, representados no sólo con las piernas, sino con los ojos, los labios, las manos, con todo el cuerpo. Hay en ese endiablado teatro de Sevilla, Madame, tres criaturas que yo llamaría ángeles, si no sospechara que son demonios, que con toda seguridad habrían condenado a San Antonio, de haber vivido en su tiempo, o si él hubiese vivido en el nuestro. Se llaman Anita, Pietra y Carmen. Nunca una trinidad, ya sea bramana, egipcia o católica, ha tenido, lo juro, tan fervientes adoradores como la trinidad danzante que acabo de mencionarle. En efecto, son ojos y pies como no he visto en ninguna parte. En cuanto a los ojos, hay que verlos. Todas las comparaciones están gastadas para dar una comparación de esos ojos. Las estrellas son pálidas, los carbúnculos son opacos al lado de esos ojos. En cuanto a los pies, Madame, entrarían juntos en una de las zapatillas de Cenicienta o de la Déjazet.





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