De Paris a Cadiz

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No hace falta decir que he querido ver de cerca esos ojos y esos pies. Entré al teatro, donde, salvo por los eunucos, fui recibido como un sultán en su harén. Esto me animó a tomar la mano de Anita, y a besarla. Pero parece que tal acción es una enormidad en España. Anita lanzó un grito y dió un salto de seis pies hacia atrás. Yo miré a mi alrededor, sin imaginar que yo solo pudiese ser la causa de un terror tan grande. Entonces vi andaluces que reían, vi a otros que no reían, y no pude más que comprender que había actuado en forma por demás inconveniente.

Perdón, había olvidado decirle algo, Madame, y es que todas esas señoritas son de una feroz virtud. Mire a su vez alrededor de usted, o más bien alrededor mío. No, no, no, hablo de las señoritas bailarinas. ¡Ah!, esta vez, por ejemplo, es el turno de los franceses de burlarse de ellas.








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