De Paris a Cadiz

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¡Noticias, Madame, noticias!, acabamos de enterarnos de que El Trajano ha naufragado en el Guadalquivir. Usted comprenderá que nuestra primera preocupación ha sido informarnos sobre la suerte de nuestros dos compatriotas, los señores de Nugeac y de Meulien. Felizmente, Madame, nadie ha muerto: sólo fue un gran susto para todos, a excepción de monsieur de Meulien, que mostró una soberbia impasibilidad. Es que cuando se ha naufragado con La Méduse se debe estar más o menos familiarizado con todos los naufragios del mundo.

He aquí los hechos. Llegando a Cádiz, el Guadalquivir se da aires de océano. Tiene entonces sus pequeñas tempestades. El capitán del Trajano, que llevaba dos horas de retraso, aprovechó una espesa niebla que podía cortarse con cuchillo para ir a encallar a cincuenta pasos de la orilla. Pero como la marea estaba subiendo, durante seis horas fue imposible alcanzar la tan deseada orilla. Durante seis horas los pasajeros fueron refrescados por todas las olas que tuvieron a bien visitar unas tras otras la embarcación, de suerte que todos habían trepado a los obenques e incluso a las cofas, como en un verdadero naufragio. Con el reflujo, el mar se retiró, y dejó al Trajano en seco o poco menos. Los pasajeros pudieron entonces descender, no a tierra, sino al río. Desde el río, llegaron a la costa, y desde la costa a Cádiz, adonde llegaron sanos de cuerpo, pero muy perturbados de espíritu.


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