De Paris a Cadiz

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Por lo demás, seríamos injustos con Giraud y Desbarolles si dijéramos que necesitábamos de otros para eso; ambos habían venido antes a Cádiz, en estado bastante miserable por lo que parece, habiendo tomado las maletas no sé qué camino que no era el de los individuos. De ello había resultado que nuestros dos viajeros, que sentían la necesidad de ponerse camisas blancas, se habían visto obligados a hacer lavar las que llevaban puestas, lo que había sido cosa de todo un día. Pero cuando se tiene la imaginación de Giraud o de Desbarolles, uno no se hace problema por una camisa de más o de menos. Sacaron las sábanas de las camas, las convirtieron en togas, y se envolvieron como romanos. El arte ganó con ello: Giraud empleó la jornada en clasificar sus croquis, Desbarolles en poner al día sus notas. Fue envueltos en ese pintoresco atavío como los encontró monsieur Huet, y trabó conocimiento con ellos. Por eso monsieur Huet guardaba una profunda impresión de Giraud y Desbarolles, que estropeará quizá la que ha de guardar de nosotros.

Adiós, Madame; temo mucho haberme dejado llevar más allá de la hora del correo por el placer que me da conversar con usted.




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