De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz ¡Pues bien, Madame!, debe usted creer una cosa: hay estudiosos que descubrieron que el Cid jamás había existido, y que esta religión, consagrada por toda una ciudad, que ese renombre que desbordando España ha invadido el mundo, que ese respeto de ocho siglos arrodillados sobre la tumba del héroe no era más que una imaginación de los poetas del siglo XII y del XIII. ¿No le parece, Madame, que un estudioso es cosa muy útil para la gloria de una nación, sobre todo cuando es lo bastante estudioso como para descubrir cosas como ésta?
Mientras tanto, Madame, si alguna vez pasa por Burgos, visite su prodigiosa catedral; y después de haber examinado los bajorrelieves que representan la entrada de Nuestro Señor en Jerusalén; su coro cerrado por rejas en hierro repujado con un maravilloso trabajo; su bóveda trabajada como una joya florentina; su Ecce Homo, de Murillo; su Pasión, de Philippe de Bourgogne; su Cristo en la cruz, del Greco; su Magdalena, de Leonardo de Vinci; su formidable órgano y su Cristo en piel humana, solicite ver el cofre del Cid, y el sacristán, que felizmente no es ningún estudioso, le mostrará, fijado al muro con grapas de acero en la sala de Juan Cuchiller, el venerable monumento.