El caballero de la casa roja

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La nota estaba escrita con letra tan pequeña que Simon tuvo que detenerse para buscar las gafas; mientras lo hacía, dejó la nota en el alféizar del tragaluz; en ese momento, Agrícola abrió la puerta, se estableció una corriente de aire, y la nota voló como si fuera una pluma. Simon, preocupado en la búsqueda de sus gafas, no se dio cuenta, y cuando las encontró y se las puso en la nariz, buscó el papel inútilmente. Acusó a Maurice de la desaparición y se fue escaleras abajo.

Diez minutos después, entraban en la fortaleza tres miembros del ayuntamiento. La reina estaba todavía en la terraza y se había dado orden de dejarla en la más perfecta ignorancia de lo que ocurría. Los miembros del ayuntamiento se hicieron conducir ante ella, y lo primero que vieron fue el clavel rojo, que aún tenía en la mano. Lo miraron sorprendidos y le pidieron que se lo entregara.

La reina, que no esperaba esta interrupción, se estremeció y se mantuvo indecisa; pero Maurice le rogó que entregara el clavel y ella obedeció. El presidente de la diputación lo cogió y, seguido de sus colegas, pasó a una sala vecina para hacer la investigación y disponer el proceso verbal.

Se abrió la flor y se comprobó que estaba vacía. Maurice respiró aliviado; pero uno de los diputados observó que al clavel le faltaba el corazón, sin duda porque había ocultado una nota.


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