El caballero de la casa roja

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Capítulo XXVI

El municipal salió a llamar a sus compañeros para tomar lectura del proceso verbal procès-verbal no terminado por los municipales salientes.

La reina se quedó solo con su hermana y su hija. Las tres se miraron entre sí.

Madame Royale se arrojó a los brazos de la reina dio un beso y Madame Elisabeth se acercó a su hermana y le tendió la mano.

—Roguemos a Dios —dijo la hermana de María Antonieta—; pero en voz baja, para que nadie sospeche que rezamos.

Las mujeres rezaron y luego permanecieron en silencio.

Sonaron las doce. En el momento en que repercutía el último golpe en la campana de bronce: llegó de la escalera un ruido de armas.

—Son los centinelas que se relevan —dijo la reina—. Ahora vendrán a buscarnos.

La reina vio palidecer a su hermana y a su hija.

—Valor —dijo, palideciendo ella también.

—Son las doce —dijo una voz, abajo—. Que bajen las prisioneras.

—Aquí estamos, señores —respondió la reina, lanzando una última mirada a las negras paredes y a los muebles sencillos que habían acompañado su cautiverio.


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