El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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—Escuche, Geneviève —dijo Maurice—; no llore; ¡déme su mano! ¿Quiere estar en casa de un hermano que bese con respeto el bajo de su vestido, y se aleje de su lado sin volver la cabeza? Diga una palabra, haga un gesto, y estará libre y segura como una virgen en una iglesia. Por el contrario, ¿prefiere recordar que la he amado tanto como para traicionar a los míos; prefiere soñar en el futuro de felicidad que nos espera? Entonces, en lugar de rechazarme, sonríame, déjame apoyar tu mano en mi corazón, reclinase en el que aspira a usted con toda su alma; Geneviève, amor mío, vida mía, no deshaga su juramento.

El corazón de la joven se henchía con estas dulces palabras: la languidez del amor, la fatiga de sus sufrimientos pasados, consumían sus fuerzas. Maurice comprendió que ella ya no tenía valor para resistir y la tomó en sus brazos. Entonces ella dejó caer la cabeza sobre su hombro. El joven notó que ella lloraba y le aseguró que jamás le impondría su amor.

Él abrió el anillo viviente de sus brazos, separó su frente de la de Geneviève y se volvió lentamente.

Pero enseguida ella enlazó sus brazos temblorosos al cuello de Maurice, le estrechó con violencia y juntó su mejilla helada y húmeda de lágrimas a la mejilla ardiente del joven.


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