El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja Al cabo de algún tiempo, Maurice era feliz y desgraciado a la vez. Así ocurre siempre al comienzo de las grandes pasiones. De día trabajaba en la sección Lepelletier y por la tarde acudía de visita a la antigua calle Saint-Jacques. No se le ocultaba que ver todas las tardes a Geneviève era beber a grandes tragos un amor sin esperanza.
Geneviève era una de esas mujeres tímidas ante las cuales las palabras de amor parecen blasfemias y sacrílegos los deseos materiales. A Maurice se le aparecía como un enigma viviente cuyo sentido no podía adivinar.
Una tarde que, como de costumbre, se había quedado solo con ella, se atrevió a preguntarle cómo ella, tan joven y distinguida, estaba casada con un hombre que la doblaba la edad y cuya educación y nacimiento parecían tan vulgares; ella tan poética y su marido atento sólo a pesar, estirar y teñir las pieles de su fábrica.
—En fin —dijo Maurice—, ¿cómo se explican en casa de un curtidor ese harpa, ese piano y esas pinturas al pastel que hace usted?