El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein Cuando Conrado no se encontraba en su casa, Gaspar hablaba de él con enfado, para mayor disgusto de Noemí, y juraba y perjuraba que jamás volvería a pisar su choza el noble y segundón señor de Eppstein, cuyo sitio estaba en el castillo. Pero, cuando Conrado llegaba, Gaspar se quitaba el sombrero con torpeza, y se alejaba sin dejar de mascullar.
El resto de la historia nos es conocido. Cuando Gaspar supo del matrimonio secreto de su hija, como hombre de honor no tuvo nada que decir, aunque como fiel sirviente tembló al pensar en la cólera que tal hecho provocaría en su señor. Encontró todo tipo de justificaciones para la noble equidad del conde Rodolfo, pero como padre tuvo que sufrir el verse obligado a separarse de su querida hija Noemí, desterrada por haber amado. Noemí se parecía tanto a la que había sido su esposa que, al tener que apartarse de ella, creyó perderla por segunda vez. Pero, como buen cristiano, ante aquella nueva prueba, doblegó su voluntad a los dictados de la Providencia. Sin derramar una lágrima, besó a su hija, a quien no había de volver a ver, por última vez, y se retiró para leer en la Biblia, una vez más, la historia de Agar.