El Castillo de Eppstein

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Como se trataba de un ruido material, Maximiliano escuchó con menos temor, pero con mayor impaciencia. Los lloros del niño no cesaban. Maximiliano echó mano de su espada, se subió a una escalera de biblioteca y, con el puño, golpeó en el techo de la habitación con el fin de despertar a la nodriza que, con toda probabilidad, se había quedado dormida. Pero los lloros continuaron.

Al poco, la cólera que experimentaba Maximiliano comenzó a ceder su lugar a una nueva clase de angustia. Y su corazón que, por un momento, se había desahogado, sintió una opresión parecida a la de un momento antes. Aquellos lloros que no callaban, y que eran como quejas ante Dios por la muerte de la madre y el abandono del infante, perturbaron al conde hasta la locura. Quiso salir de allí. Pero ¿adónde ir? Trató de llamar a alguien, pero la voz se le quebró en la garganta. Tomó una campanilla, y volvió a dejarla sobre la mesa. ¿A quién podría llamar? Todos dormían en el castillo, menos el huérfano y el asesino.






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