El Castillo de Eppstein

El Castillo de Eppstein

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El fuego, que Maximiliano había olvidado avivar, acabó por extinguirse en el hogar de la chimenea, y ya la oscuridad invadía por completo aquella estancia, en la que solamente la dudosa luz de las velas pugnaba por ahuyentar las tinieblas. El viento aún soplaba, lo mismo que todavía resonaban los vagidos del niño. El conde sintió frío, y tuvo miedo. En su delirio, se llevó las manos a la frente, pero las apartó enseguida, porque tuvo la sensación de que su frente, ardiente, le abrasaba las manos.

Entonces, como vuelto en sí por la propia fuerza de sus terrores, se echó a reír, pero con risotadas tristes y terribles, y dijo:

—¡Maldita sea! Me parece que voy a perder la cabeza. Es muy sencillo; vamos a ver por qué llora esa criatura.








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