El Castillo de Eppstein

El Castillo de Eppstein

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Con paso decidido, avanzó hacia una de las paredes, posó su mano sobre un resorte oculto en la tapicería y franqueó una portezuela secreta, que daba a una escalinata de piedra, de cuya existencia sólo sabían los condes de Eppstein, y cuyo conocimiento se transmitía de padres a hijos. Aquella escalera desembocaba en una salida similar en la planta superior, igualmente ignorada por todo el mundo, en la misma cámara en la que gemía la criatura. Si se bajaba por ella, aquella escalinata conducía a la planta inferior y, más abajo, a la cripta en la que reposaban todos los antepasados de Maximiliano. La escalera cumplía las funciones de un gigantesco espía, que se deslizaba por toda la muralla a lo largo del castillo, y a la que nada de cuanto ocurría dentro de él podía escapar.

En el momento en que abrió la puerta secreta, un viento glacial, sepulcral, azotó el rostro de Maximiliano, apagó las cuatro velas del candelabro que portaba, y el conde, pálido como un cadáver y con los pelos de punta, se quedó petrificado en el umbral. Por aquella escalera, de la que nadie sabía nada y a la que ninguna persona podía llegar, oyó el roce propio de una vestimenta femenina: ante él, vio cómo una forma blanca se deslizaba, etérea.



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