El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein El niño no paraba de quejarse. Demasiados terrores juntos. Al sentir que sus piernas le fallaban, el conde se apoyó en uno de los muros para no caer. Nadie, excepto él mismo, podría decir cuánto tiempo permaneció allí, sin sentido, porque hay instantes que duran como años enteros. Al cabo de un minuto, o de una hora quizá, volvió en sí, empapado en un sudor frío. Sólo escuchó el silencio. El niño ya no lloraba. El viento había cesado.
Tras realizar un supremo esfuerzo, Maximiliano recurrió a todo su valor. Alzó el candelabro, que había dejado caer, desenfundó la espada y, por la escalera, subió hasta el cuarto del niño. Al abrir la puerta secreta que daba a la planta superior, el candelabro, que el conde llevaba en su mano izquierda, se apagó de nuevo, y no por causa de una corriente o de un golpe de aire: esta vez se trataba de algo sobrenatural. La luna, que en aquel instante se vio libre de una nube que la ocultaba, derramó sus pálidos rayos a través de una alta ventana. A la luz de aquel destello lechoso, el conde observó a su alrededor.