El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein IX
Un solo instante bastó para que Everard se hiciera todas estas reflexiones. De pronto, sintió una inexplicable simpatÃa hacia aquel extraño, quizá por causa de las lágrimas que corrÃan por sus mejillas. Tras haberle contemplado en silencio, por espacio de algunos minutos, y con cierto cariño no exento de respeto, le dijo con su voz más suave:
—¡Bienaventurados los que lloran!
—¿Quién me habla asÃ? —preguntó el viajero, al tiempo que se volvÃa—. Un chico… ¿Eres de por aquÃ?
—SÃ, señor.
—Entonces, a lo mejor tú puedes darme alguna información sobre lo que he venido a buscar. Dime…; pero, espera…, la voz me falla. PermÃteme que me reponga un poco.
—Pues claro que sÃ, señor —respondió Everard, conmovido por tanto dolor—; tranquilizaos, y llorad todo lo que tengáis que llorar: las lágrimas son buenas casi siempre. ¿Conocéis la leyenda de las aguas de estas montañas? —añadió, como para sà mismo—. «Un malvado e impÃo caballero contaba su vida disoluta a un santo ermitaño, no como arrepentimiento, sino por reÃrse de él, y le decÃa:
—¿Qué podrÃa hacer, padre, para expiar tantos y tan horribles crÃmenes?
