El Castillo de Eppstein

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Yo no creía en nada; por otra parte, nadie confiaba en mí. Y me entregué como si fuera un número a lo que se dio en llamar la ambición del Emperador. Renegué de mi pasado y de mis antiguas convicciones, hasta de mi persona, para unirme a aquel que debía encarnar el pensamiento de su siglo, y convertirme así en instrumento de sus proyectos, en parte de la maquinaria de su genio. Creía que, con mi obediencia, acataba un invencible destino, porque, si bien él me conducía, Dios era quien le guiaba.

Fuimos muchos los que actuamos así, quienes le seguimos a una palabra suya, a un solo gesto. Todos los que han contemplado alguna vez su mirada, todos los que vibran en su universo, se sienten atraídos por él, como el hierro por el imán. Tengo el orgullo de pensar que yo, por el contrario, me entregué a él por medio de la razón, no por instinto.

¿Adónde nos llevaría? No lo sabía, pero estaba seguro de que iría con él al fin del mundo; es más, estaba seguro de que no moriría hasta que mi tarea se viera cumplida, y él ya no me necesitara.




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