El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein No tardó en darse cuenta de mi obediencia pasiva, aunque inteligente, porque es un hombre al que nada se le escapa. Como sabía cuál era la finalidad que perseguía, quiénes eran mi señor, mi familia y mi patria, me decía que fuera, y yo iba; haz eso, y yo lo hacía. Del mismo modo que cuando me ordene morir, moriré, sin protestar jamás, porque es como mi voluntad.
Quizá os extrañe que un descendiente de los condes de Eppstein obre y actúe de manera tan servil. Es que ya no soy Conrado de Eppstein; Conrado ya no existe. ¿Por qué nombre me llamó usted, Jonathas, cuando creyó que me había reconocido? Conrado ha muerto, le digo, incluso dos o tres veces. Murió el día en que su padre le desterró, y murió otra vez el día en que falleció su mujer. Quien está aquí, ante vosotros, quien ahora os habla, es un coronel francés, al servicio del Emperador, que regresa de cumplir una secreta misión en Viena.