El Castillo de Eppstein

El Castillo de Eppstein

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Y todo agitaba, atormentaba y oprimía su alma juvenil. El muchacho sufría de algo parecido a la fiebre, puesto que se sentía transformado, exaltado, engrandecido, incluso más fuerte, y orgulloso de su fuerza. Impulsos difusos, confusas esperanzas, nuevos sufrimientos, todo se lo confió a su madre, con un desconocido delirio que era la primera vez que experimentaba. Se sentía feliz, sin saber la razón; hasta entonces había vivido y había pensado: ahora, sentía la necesidad de actuar. Había comprendido tan rápidamente y tan bien las grandes cosas que, por vez primera, se habían mostrado a sus ojos, que aun sin sentirse a su altura en cuanto a ejecución se refería, le parecía que, gracias a su pensamiento, podía alcanzarlo todo. ¿Qué no intentaría? ¿Qué obstáculo podría detenerlo? ¿Ante quién temblaría?

Pero, en ese instante, se dio cuenta de que tan sólo se encontraba a una legua de la cabaña del guardabosque y que iba a ver de nuevo a Rosamunda; se detuvo y palideció. Estaba claro de que era capaz de desafiar al resto del mundo. Pero en cuanto a ella, Rosamunda, tan alta, tan hermosa, tan culta, ¿se atrevería a presentarse ante ella? Instintivamente, sin darse cuenta, en lugar de regresar a la choza del guarda, dirigió sus pasos hacia el castillo.


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