El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein Alberto aguardaba a su padre en el comedor. Era un joven alto, triste, impertinente, aburrido y tedioso. El conde estaba tan pálido, tan nervioso, que su hijo le observó con extrañeza y le preguntó, en un tono más cariñoso de lo normal, si le había ocurrido algo. Alegre y ruidosamente, Maximiliano le dijo que no. Se sentó a la mesa, tras arrastrar la silla con estrépito, y habló, rio, bebió y comió mucho. Por un momento, al conde se le había pasado por la cabeza la idea de emborracharse para ahogar el miedo en la embriaguez. Pero enseguida reflexionó que aquello podía engendrar los espectros que tanto temía, y dejó de comer al instante, para hundirse en una reflexión tan profunda, que ni siquiera reparó en Alberto cuando éste abandonó el comedor. Tras salir de aquella especie de torpeza gracias a un sirviente que se interesaba por si se encontraba indispuesto, echó una mirada despavorida a su alrededor, se dio cuenta de que estaba solo y preguntó por su hijo. Tras saber que se había retirado a su dormitorio, decidió regresar a la estancia, donde encontró a su secretario, sentado a la mesa, enfrascado en el trabajo.
—¿No ha visto ni oído nada, Guillermo? —preguntó el conde a su regreso—. No, Excelencia —respondió el secretario—. ¿Por qué?
—Por nada —replicó el conde—: creí haber oído los pasos de otra persona. —Pues, no, señor conde— contestó el secretario, y volvió al trabajo.